29.11.17

A morning of you
At the grass and the promise
Of a sunny day.

Es muy real como para ser un sueño: su piel, sus ojos, su voz, el aroma de su cuello y sexo. También, es demasiado maravilloso como para ser real: su risa y su llanto, la tersura de su tacto, hasta dónde me eleva cuando hacemos el amor. Yo no sé. No sé qué es esto que me he encontrado andando por la vida, que he perdido en primavera, y recuperado en el otoño. Tal vez sea por lo que uno está vivo, por lo que uno así puede disfrutar de la dulzura de una cereza, de una caminata por la playa, o del sabor de la cerveza cualquier tarde de calor entre gente querida. Ignoro si debo de dilucidar por qué me ha sucedido esto a mí, o si simplemente disfrutarlo. Verán, yo siempre quise saber la razón de las cosas. Saber el porqué detrás del azul del cielo a medio día y del rojo al atardecer. Por qué un mamífero puede tener escamas y un reptil parir crías. Y si no lo encontraba tan fácilmente, buscar y leer y preguntar hasta que tiempo después, años tal vez, diera con la respuesta. No saben el gozo de por fin saber quién canta o toca algo que capturó mis oídos una mañana cualquiera, o de encontrar por qué tal palabra se pronuncia o deletrea de tal o cual forma. Aunque, nada parece compararse a la epifanía de sentirse como yo hoy día. Así, tumbado en una sala de conferencias vacía, mientras bebo café demasiado malo como para ahuyentar el sueño que tengo, pienso en la fortuna, mi fortuna, de haberte encontrado a la vuelta de mi casa, bebiendo un té de canela y manzana mientras veías tu teléfono y tratabas de deshacerte del tedio de vivir en una ciudad como ésta.

Es miércoles, son las cinco y cuarenta y cuatro de la mañana, soplo en mis manos tratando de quitarme el frío de ellas porque, demonios, no se puede escribir en un móvil con los guantes puestos, y pienso en lo mucho que me gustaría tirarme en la cama, a tu lado, mientras te leo algo de Pellicer o Sabines o Neruda, y al terminar, sentir tus labios contra los míos a la vez que el cielo se cierra y una leve llovizna baña el amanecer.

22.10.17

Un mar de pasto

Pensé que sería empezar de cero. Otra vez. Nuevos sabores y olores. Una sensación distinta al tacto. Sentir como si otro sol le diera calor a mi cuerpo y forma a mi sombra. Estar así en la cima de otro mundo y poder ver otras nubes.

Y aquí estoy, cercano al quiosco, apagando mi último cigarrillo, despidiéndome del nuevo yo, quien no es más que el mismo. Jamás pensé en escapar de mí. Aunque, estar así de lejos, tan minúsculo en un mar de verdes pastos, allí sentado agitando los brazos, me ha dado qué pensar. Ardí sin quemar, me asfixié al final al no necesitar aire. Y aquí estoy, escuchando las fuentes mientras mi perro me mira. Sintiendo la vida que mana del Sol, escuchando a Handel.

Y más que nada, estirar mis dedos para sentir una extensión de mi piel, hace que todo parezca como si todo pasara al día siguiente.

18.9.17

Cantata de abril

Le vi bailar al atardecer,
Entre arreglos de cempasúchil y olor a copal,
Con la memoria de Alfredo atada a mi cuello,
Esporas blancas en el aire,
Fui a su lado,
Y al compás del tarareo del cielo,
Dancé a su lado.

Cinco meses fueron,
Bebí su voz, tomé su cuerpo,
Fumé cigarrillos mientras Richter y Riesman,
Dejé de flotar por tomar su mano,
Al andar hacia el Maison Kayser del lugar.

En las estrellas de Bacalar una noche,
Al arder de leña y anécdotas,
Me llevaste a tu habitación,
Te fundiste a mi cuerpo,
Y al partir, en voz alta,
Juraste a la luna jamás sentirías mi piel otra vez.

Una tarde de verano de 1975,
Dejé mi bebida debajo de la silla,
Lancé al piso mi copia de 2666,
Me asomé por la puerta donde le vi por última vez,
Volé...

6.9.17

Of summer rain days
I dreamt of lying by you
On which we were one.

Y los perros no tienen la culpa casi de nada

Una tarde del verano de 1975,
Dejé mi bebida debajo de mi silla,
Lancé al piso mi copia de 2666,
Me asomé por la puerta donde le vi por última vez,
Volé...
Cantata de abril,
José Carlos Almada.


De lejos sólo se alcanza a ver lo esbelto de su figura y el deje rojo de su cabello. Lo ha llevado así por tanto tiempo que no recuerdo el color original. Todo porque le prometió a su madre no dejar de teñírselo así, porque así lo llevaba el día que su madre murió, como si queriendo preservar su memoria al llevar en la cabeza lo último que su madre vio. Cada 22 de cada mes par acude al salón para el retoque reglamentario. Y ahí estoy a su lado, leyendo qué sé yo, mirando a los no sé quiénes corriendo en el bullicio del regreso a la oficina después de la hora de comida, rascando mi tobillo y jugando con mi goma de mascar. ¿No te aburres?, me ladra cada vez que vamos, mayormente en son de burla, muy pocas veces con genuina preocupación. O eso pienso. Porque tantas veces como hoy, en las que nos hacemos compañía sin cruzar palabra, cada quien en su cada cual, lo más que puedo hacer es adivinar lo que pasa por su mente. Sería vano, innecesario, preguntarle por qué sonríe. Le arrancaría una risa a lo mucho, tal vez menearía la cabeza de lado a lado, y ocuparía su vista en algo más. O eso pienso. Posiblemente pregunte cómo estoy, qué he comido hoy, me bese en los labios o en la frente, tome mi mano, y camine en silencio hasta el salón de Pedro. Pasará inmediatamente porque es seguro que ha hecho cita, y si no, pasará en seguida de todas formas porque Pedro, aquel Pedro que creció con su madre y que jugaba con ella a hacerle el cabello mientras platicaban de lo que fuera platicaban los preparatorianos en los setentas, aquel Pedro que a su madre donó un riñón y le donó sangre en tantas ocasiones, jamás la haría esperar. Una hora es lo que necesita para dejarle radiante, con el cabello cayendo hasta sus hombros, reflejando el sol en tonos naranjas y amarillentos, radiante sonrisa entre las mil y una pecas que le ha dejado su padre. De vez en vez levanta la cara y mira la nubes diciéndome cuánto le gustaría navegar frente al sol en una de ellas. Por mirar el sol más de cerca, por mirar la vida desde arriba, me dice sin pregunta de por medio. Después de la caminata reglamentaria, de casi dos horas por el centro comercial viendo ropa, después de la comida en el lugar que se le antoje, vamos a su casa, o a la mía, y hacemos el amor a veces, o cogemos otras veces, hasta al amanecer, sin palabras, con alguna lectura, o alguna película, en los interludios necesarios porque es obvio que ya no tenemos 20 años. Solía apenarme el estado de mi cuerpo, cómo es que fui de un cuerpo atlético, de ejercicio en el gimnasio de martes a jueves, y de caminatas de 20 kilómetros al día, de pan en el desayuno y jamás en la cena, de brócoli y zanahoria y algo de calabaza y coliflor como guarnición de la pechuga o el filete de pescado o de res de lunes a viernes, y de mis pecadillos los fines de semana con una cantidad enorme de queso derretido en lo que fuera que comiera, con medida por supuesto, a lo fofo de mi presente, con lo que en Estados Unidos llaman el "muffin top" asomándose por la parte superior de mis pantalones, con mis mejillas irradiando redondez, con mi cuerpo de asiento frente al televisor vengándose de mí al calor de mediodía, a ríos de sudor por mis axilas y espalda baja. Solía apenarme, dejaba la luz apagada y le atacaba antes de que se le ocurriera encenderla. Besaba su pómulos y párpados y lóbulos y cuello, plantando mordidas en el recorrido, ocupando mis manos con cada rincón de su cuerpo, gimiendo al unísono, deshaciéndonos de la redundancia de nuestras ropas, hasta que vueltos un nudo nos retorcíamos en el anónimo del sexo en un lugar a oscuras. Ya no. He dejado de fijarme en la iluminación del lugar donde lo hagamos. Han brotado cosas más importantes mientras le recorro con mi anhelo acumulado en los días que no nos vemos. Pienso mejor en si podríamos escuchar a Richter o a Riesman, si ha leído el pasaje erótico que le he recomendado, si este momento será digno de un haiku. A veces, a veces no tenemos sexo, o no nos fundimos mutuamente, y simplemente fumamos mientras leemos. Sin palabras de por medio, miradas furtivas por encima de los libros a lo mucho. Hoy es 22 de mes par del año que corre, y no habrá muchas palabras de por medio. Puede que sí, si hoy va con el capricho de hacer algo distinto. Azar. Azar que le ha dado tanto gozo a mi vida, recorriendo avenidas inéditas, sabores intrusos, colores perdidos, notas malinterpretadas, palabras antes mudas. Azar que me trajo su cuerpo. Azar que me destrozará el corazón un 6 de septiembre. Mientras bebo café, mientras miro el vaivén de su cuerpo acercándose, pienso en que los perros que tantas veces han cosechado amor en mis largas tardes de soledad mientras le tengo en mi vida, no tienen la culpa casi de nada.

11.8.17

A parable

Hell there must be a hundred thousand garrons pulling my fathers' will to take you back,
Treason, they shouted on the morrow,
Treason and no other shade of black,
In spite of my molten grace of doubt,
For the moment is the price the broken lover is to pay,
Fag in hand while rots in debt,
A feast or orange morning grey,
My drunken eye of curl and leather,
Wish you were it in all your glory,
This gilded song will go no further,
I ponder where now I shall sit,
Nights in the dark of mongrel fury,
Love me not any, break me on the sixth.

10.8.17

Summer of the rain in this town. Pouring coffee in the cold. Silly me — why should I warm meself when there's cold water awaiting in the shower? I say it all be to shake, to awake meself for I hate to be groggy all morning long, babbling while people stare back at my words. Do they get what I mean? If I ask, they nod and smile. Yet, there's empty in their eyes. Even when people be given the keys to the kingdom, they would take them gladly and hold them dear even though they have no idea what they are for.

4.8.17

Pointless, drivel bits of effort, taken for granted, from fathom, just because there's naught to do, for fancy, for glory, in fall or autumn, but never in spring, sing myself, warm breeze in the face, and you, you did, thrown love into the void.

23.4.17

El ramo

Esto no una historia. Esto es acaso una memoria, y no tiene un motivo ulterior más allá de querer plasmar algo en papel para recordarlo si es que se olvida.
Fue una tarde de alguna temporada que no quiero recordar porque, ¿qué sentido tiene ponerle nombre al tiempo si uno no hace más que vivirlo? Caminaba yo por una avenida de tres carriles por tres carriles, de esas que la gente llama principales por el hecho de haber más tráfico que en las otras. Andaba sin mirar por donde porque había logrado recientemente capturar la esencia del sol y encerrarla en pequeñas botellas de vidrio de no más de un cuarto de litro porque, Así se concentra mejor, y dura mucho más el calor que emiten por las noches, le había dicho a doña Rovira, mi vecina, al otro día de haberlo logrado. No sabría que haría con ellas, pero me pareció un logro digno de recordar y de anotar. Chupaba una paleta de fresa-vainilla y bebía un capuchino del lugar de don Alfredo cuando fue que la vi. Ella miraba un aparador, se perdía por un minuto en sus colores vivos y en sus promesas de temporada, y seguía con el de al lado. La seguí así por cinco aparadores, fingiendo tomar fotos de los edificios y casonas de siglo pasado, y de los reflejos de los niños en los charcos a orilla de la calle. Hasta que decidió, por aburrimiento o por simple capricho, dedicarse a hacer algo más. Caminaba por la banqueta saltando las grietas en el concreto cual juego de avión, brincando a veces a los parches de pasto donde había hojas secas para darles un último momento de vida haciéndolas crujir antes de que alguien  tristemente se las llevara a la basura. Andaba así ella, feliz por el día o por el helado que comía o qué sé yo. Creo que fue allí cuando me vió, cuando acababa de entrar al parque del rumbo. Fue por décimas de segundo, tal vez menos, pero creo que me sonrió. Se sentó en una de las bancas frente a los columpios. Miraba a los pequeños, columpiarse, reír, gritar de alegría mientras ella sonreía y se llevaba a la boca los últimos sorbos de helado derretido. Quería acercarme a preguntarle por el sabor de su helado, qué le gustaba de los aparadores, no sé, cualquier cosa. Maldita timidez... Maldita timidez que a los diez años me impidió dar el discurso de inicio de temporda en el equipo de Americano, que no me dejó invitar a Laura a bailar en la fiesta de pueblo, que no me dejó defender a aquella señora siendo empujada por un vejete en el metro. Sólo con diez cervezas en mi sistema podría acercármele, así como si nada, y preguntarle su nombre. Bajé la cabeza, saqué un cigarrillo y cuando estuve a punto de encenderlo, sentí alguien frente a mí. Me miraba con los ojos entrecerrados y una sonrisa casi imperceptible. Fumar es muy malo, me dijo. Tomó mi cigarrillo, lo partió en dos, y lo echó al cesto de basura. Después se acerco a mí oído y me susurró, Búscame en tus sueños.
Han pasado tres semanas desde aquel día. He peinado los desiertos y los bosques, he buscado con binoculares desde un parapente y he rentado un equipo de snorkel para mañana. Incluso traté de hablar con el topo que vive en la casa de mis sueños para saber si encontraba algo allá abajo, aunque él sólo olfateó un poco antes de largarse. Use sus botellitas de sol, joven. Seguro que ella ve la luz, y así lo encuentra, perdido como siempre, me dijo doña Rovira. He hecho dos botellas para esta noche.

Tú, con tus labios asesinos,
Tu silueta perfecta de Ilíada,
Y tu blancura de faro en el desastre,
Me haces suspirar,
Me llevas a la mar y ante las olas,
En un atardecer perdiéndose en mi historia.

Tú, con tu fragilidad de día nublado,
Con tu bondad en una mano,
Y tu amistad en la otra,
Me envuelves en tus brazos,
En tu piel, en tu memoria,
En una noche de luna perdida en nuestra historia.

19.4.17

La esencia y la percepción del universo

He pensado un poco, porque de plano no puedo decir mucho, en lo que es escribirle algo, un poema por ejemplo, a alguien. Se podría sostener que al ser aquella persona el objeto del deseo o afecto de uno, las palabras cual vida fluyen, y uno sólo acomoda las ideas de acuerdo a lo que uno propone. Recientemente he caído en lo pésimo de objetificar a las personas, incluso si el propósito es algo tan simple y noble como expresar amor por tal o cual. La objetificación conlleva enfocarse demasiado en las características, por lo que uno arriesga a olvidarse de la esencia de aquella de la que hablamos. Vaya, hablamos de los qués olvidando los porqués, los cómos y los cuándos. Esencia. Tal vez sea esa la palabra adecuada cuando uno habla de alguien más. No es fácil descubrirla: usualmente se necesita una cantidad de tiempo en el que se pueda llegar a admirar aquello de lo que se piensa hablar. La cantidad por sí misma no es tan relevante, sino qué se hace en él, qué se escucha, qué se ve, qué se siente. Ahora, algunas​ personas podran sostener que la esencia es la descripción final de cierto ser, y que la percepción de tal esencia es completamente irrelevante ya que no va de la mano con ella. Sin embargo, no hay forma de encontrar y por consecuencia percibir tal esencia sin que haya una percepción de ella. Vaya, es inherente que yo al clamar haberla encontrado, esté hablando no sólo del cómo o cuándo o porqué, incluso el qué, sino de la sensación de mis sentidos, y su conexión con mi cerebro, el cual es el agente que asocia todas esas sensaciones para formar aquella esencia que se ha encontrado, en mi mente. Decir que existe tal esencia sin que yo la perciba, y aún así sepa de su existencia, da lugar a un abstracto tan absurdo como decir que sé de ella porque soy parte de ella. Esto último parece ser ideal, desde puntos de vista románticos y metafísicos que a muchos agradarán. Sin embargo, la contemplación es, desde mi singular punto de vista, lo que completa la belleza de aquello que se ha encontrado, sobre todo porque la esencia es y está sin una intención expresa y llena de propósito por ser bella. Vaya, la belleza de tal o cual es innata a su naturaleza y a su existencia. Si no lo es, posiblemente estamos hablando de algo que se ha producido con el objetivo de aparecer bello a los demás. Dada esta simpleza y naturalidad de esa característica, cuando aparece auténtica, la contemplación de ello, el placer que viene de tal admiración, más el placer de haber encontrado algo bello, le da redondez al hecho de tal belleza. Vamos, usando un ejemplo abyectamente simple y vano, uno no puede saber si un plato es delicioso si no se le ha probado. Obviamente, podríamos escuchar miles de opiniones de distintas personas diciéndonos por qué es un platillo delicioso, ahondando en los olores, sabores y sensaciones que hay y son provocados. Pero, uno no lo puede comprobar hasta que se haya tenido por lo menos una cucharada de él. Ahora, cuando se habla de las percepciones de aquella esencia que se ha hallado, es muy cierto que tales percepciones, a la vez que las proposiciones en las que puede caer como consecuencia, pueden ser erróneas. En algún otro texto observé que la descripción de cierto objeto no cae sólo en lo afirmativo, sino en lo negativo; no sólo en las proposiciones verdaderas, sino en las falsas. Usando una vez más algo vano como ejemplo, al decir que una pared no es negra, no digo automáticamente que sea su opuesto, una pared blanca, sino que en verdad no es negra. Podría ser de cualquier color obtenible y aplicable a una pintura para poder cubrir tal pared. Claro, si simplemente digo que es blanca, me evitó todo este lío que acabo de mencionar. Sin embargo, al hablar de características de personalidad que muchas veces dependen de la percepción de ellas, el asunto se complica, y es completamente válido mencionar lo que parece ser junto con lo que parece no ser. Vamos, resumiendo esto en una simple frase, de aquellas que gustan en la poesía que a veces me atrevo a escribir, aquella persona se compone de su esencia y de la percepción del universo.

Mientras le digo al sol
Que no quiero probar otros cuerpos
Otras miradas
Me pierdo en la tierra.

Y mi corazón y mis besos
Van de viaje sobre un pasaje de autobús,
Mirando el recorrido,
Viendo la gente pasar,
Mientras doy un sorbo al café
Y me pierdo en el qué se yo
De un día en el que nada es normal.

Paso por la avenida que da a tu oficina,
Miro tu ventana y pienso en dónde andarás,
Con tus ojos de recuerdo
Y tu sonrisa radiante,
En una mañana con un sol de película,
De aquellas que te gustan,
De un amor lleno de azar y esperanza.

Van mis besos y mi corazón
Cual pasajeros de un viaje interminable, inolvidable,
Buscando tus manos en un día de abril,
Timbrando al conductor y que los deje bajar
Para ir corriendo a encontrarte
Mientras estás frente al computador
En el piso no sé qué en la cima de mi ciudad.

Cubro tus ojos por sorpresa,
Acerco mis labios y mis sueños a tu oído,
Te digo, Eres tú quien me mira en caramelo y ámbar,
Te tomo en mis brazos, en mi alma,
Y mientras te escucho decir que he tardado en llegar,
Tarareo una canción acerca del atardecer en un día de verano.

17.4.17

I opened my eyes. I saw the sea. I saw her wake up. I saw her bloom one a many morning. No drunkness of no kind. Just that one, but it does not count. Far from anywhere, far from anyone. Except her. One a many bloom. Of red and spring, of autumn and yellow. I closed my eyes. She left. There is a slight chance she was never there.

2nd of January

There is barely anything like going back to work. And it is not like I wanted to go back. You see, I am by myself, sitting in my office, listening to the anxiety of Sun by Caribou, furiously tapping the desk to it, thinking of a song by Chvrches and the pretty voice of Lauren Mayberry, having sips of Coke and bites of Rancheritos, playing Hitman Go, doing nothing. Doing nothing. I sometimes am when I do nothing. But I wish I were else where. You know, by my house at one of them metal benches, having sun and wind, taking pictures of the passing clouds. Doing nothing, but else where.
I barely have the chance to thank you,
Sometimes,
Of how how you see me in the eyes,
Sometimes,
When you reach for me and touch my hand,
every night.

And I sit here doing nothing,
Typing this letter in the shape of poem,
Playing music in my head that goes to it.

How simple and brutal this,
Longing,
For the things I have and am,
Longing,
For all you wish I not were,
here and now.

And I sit here typing something,
Tired of the lack of status quo,
Playing music in my head to the end of tonight.

Perhaps

Perhaps when I am old
I won't be able to tell how old I am
So you might help me recall
The summers in the sun and the autumns in the breeze
That we spent together
You
So you of pearls and melted brown sugar
Fragile child's heart I have loved before I met
Breakwater splashed by waves and time
Who's broken me like no one
Scattered me across the floor
Inspecting me as a bee would a flower
As a hummingbird

Perhaps when I am old
I will finally feel the way I have always felt
Worn out
Too far from a fledgeling
Too distant from the redwoods
Fearing the names in the dark
Whispers of the cascading past
Stubborn of the future
Future lights, future beds
With no names on my skin
No names to remember
Rapacious of my loved ones
While I long for the cigarettes I missed

Perhaps today
Perhaps today you will forget
Forgive me and forget me
See my sin in you
As brown tooth
Aching from rock in the flour
And I
I will walk carelessly to the sand
Write my name in it
Watch it wash away
I ponder, I shudder
Take a picture or two
To wash them away next time you act like you don't

Incomodidad

Estaba haciendo elíptica en el gym cuando la vi. Justo ese día mientras andaba hacia el ejercicio pensaba que no pasaría otra vez porque seguro que ella no acabaría acá. Ella era demasiado buena como para seguirme. La vida te da sorpresas, ¿qué no? No venía sola: estaba con un tipo de rojo que parecía mostrarle el lugar. Dudé en acercarme, así que decidí bajarme y silenciosamente irme.
– ¿Manuel?
– Kara, hola.
– No sabía que estarías aquí, digo, te veía lejos de todo esto, aunque, después de todo lo que hicimos antes de, ya sabes, tal vez es más que suficiente...
– Bueno, pues, estoy aquí, y no me puedo largar, eso es lo que al fin importa.
– Sí, pues, yo tampoco. ¿Y cuánto llevas acá? No será qué...
– No, no, no. Pasaron 3 años más o menos. Yo... Yo hice algo muy estúpido, y por eso acabé acá. No tuvo demasiado que ver contigo, aunque...
– Entiendo. ¿Cómo pasó?
– Es bastante estúpido. Yo tomé todo un frasco de Diazepam con una botella de Beef Eater, además de que la adrenalina me hizo navajearme los brazos.
– ¿De verdad?
– Sí, eh... El caso es que cuando comencé a sentirme mareado, como si me fuera a desplomar, salí corriendo a la calle, y un Ford Mustang me atropelló.
– ¡Santo cielo!
– Sí, bueno, puedo decir que no fue tan malo. No me dolió en lo más mínimo.
– Pero, si fue un accidente, no deberías estar aquí...
– Lo mismo pensé, aunque a la entrada me dijeron que como lo más seguro es que tanta madre en mi cuerpo no me dejaría sanar del accidente, pues lo tomarían como suicidio.
– Qué terror...
– No... No es tan malo. Puedo usar el gym todos los días, tenemos comida caliente, y, la verdad, mi castigo no es tan malo.
– ¿Qué te toca hacer?
– Me toca limpiar los desechos de Lucifer. No, no, no es tan malo. Como realmente no digiere lo que está masticando, pues, es solo carne pútrida. Claro, debo llevar máscara y guantes. Y, claro, a veces debo recoger alguna parte que no me interesa. Sin embargo, hay cosas peores.
– ¿Por ejemplo?
– Estar siendo masticado por Satanás...
– Ah, vaya...
– A ti, ¿qué te ha tocado?
– Pues, aparentemente, trabajaré para un tal Fli... Fligias, creo. Trabaja en el embarcadero, y necesita ayuda dándole de comer a algo que habita en el río. Mañana es mi primer día.
– Qué bien... Bueno, se hace tarde, y no tengo planes para la cena, así que... eh... ¿Quieres acompañarme?
– Eh... No. Tengo cosas que hacer, como arreglar mi ropa para mañana. No quiero lucir mal para mi jefe el primer día. Capaz de que es buen tipo.
– Bueno. Te llamo y quedamos para otro día. ¿Te parece?
– Sí... Me voy, pero nos vemos pronto, ¿eh? ¡Adiós!
– Bye...
Ella no me dio su número...

12.4.17

The erratic behaviour of a lone man

Do you happen to remember Carlos' birthday party 4 years ago? It was a Saturday. As usual, he expected quite your coming since, I quote him, you made his parties better with your chitchatting and your social drinking. Oddly enough, for a reason I might have to mention later, you began drinking, all by yourself, at 4 in the afternoon. You bought yourself a couple of hamburgers, more than a couple of beers, and went kind of stupid to the beat of The Rapture. Oh, one a many days you barked when you listened to them, you gave no shit about the status quo. Whenever shit went on, you bought some bubblegum and had it while you sang them. That day, though, it didn't matter how hard and loud you sang and danced House of Jealous Lovers, for you felt like the tiniest of the pebbles that had ever gotten stuck in the sole of your Puma sneakers. Perhaps now you can tell, kid, what it was. I remember, I do remember, how often you would tell yourself it was lust and that all. You'd seen the tip of the iceberg, and that was more than enough to have you daydream. "Dreamers, they never learn", that is how it goes, isn't it? You couldn't even get up, get it up, and do squat about so. You took this cab ride, asked the driver how hot he thought it was, how one could tell when one is in love. He said, not without a thought and a scratch of the head, Because perhaps you cannot stop thinking. Silly you. Look at you. I can see you typing there, ignoring what I tell you, attempting to relieve yourself with mezcal. But, really, what are the odds? Are you that mindless drone? Either way, now, now it is that you find yourself by yourself, with mezcal in your veins, with the same fucking feeling, not knowing if lust, if love, and wanting to explode in her. The next hour is definite, so is the weekend, so is the next mezcal. You are back four years ago, savvy?

10.4.17

No sé a qué juego
Ni sé a qué escribo
Cual rabieta de alguien muy ensimismado
Hoja y pluma y demasiado tiempo
Lazando palabras a la nada
Cual escape del status quo
Porque duele el hoy
El hoy de caminatas con destino
El de palabras con propósito
Y café sin desatino
Qué coherente he sido
Me encuentro en los espejos
Miro la luna y no las nubes
Será que he perdido el ansia
Por beber cerveza en la mañana
Por brincar las grietas en el pavimento
Y me refugio en estas líneas
Así como así
Vestido en la regadera
Subiendo escalones de a cojito
Mientras paseo al perro
Y la farola no para de decirme
Que mañana en la mañana
Tendré que escribir para no ser yo un día más

8.4.17

Del día en que no fui un zorro

"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde,
comenzaré a ser feliz desde las tres."

–No es que busque ofenderte, pero dudo que alguien te pueda querer...

Hubo un tiempo en el que corría hasta el cansancio. Sentía el viento en mi pelo, comenzando por la cabeza, ya saben, en ese espacio entre las orejas en el que tanto me gusta me acaricien, y hasta la punta de la cola, mientras el pasto me hacía cosquillas en el resto del cuerpo. Corría y corría escondiéndome de todos, por diversión, por estar solo, por poder mirar el atardecer en silencio... Regresaba a casa extenuado, con el plan de enroscarme y dormir de corrido hasta el siguiente día. Así se iba la vida.

Cuando no era más que un cachorro, cuando apenas si podía masticar bien, o pronunciar el nombre de mis padres, noté que el pelaje de mi cuerpo no tenía ni un ápice de color que no fuera rojo. Mi abuela decía que se pasaría, y que en un año a lo mucho mi madre no podría distinguirme del resto sin el olfato de por medio. Pasó el tiempo, no ocurrió nada. A lo mucho, se me tiñó de un rojo más claro la gran mayoría del cuerpo, mientras algunos pelillos de la cola, la panza y las orejas se veían tan claros como el amarillo. Esto, lejos de presentar malestar, era una ventaja: todos me reconocían, sabían mi nombre, y me saludaban, no siempre con gusto debo admitir, pero no importaba. Era, diría uno de mis hermanos, el más popular.

"Sin embargo, tiene sus bemoles. Es bastante difícil escabullirse de la vista de mi parentela. Así que no puedo saltarme las obligaciones en la madriguera, no puedo saltarme las lecciones de caza, y mucho menos puedo irme a donde se me de la gana sin que alguien de la familia me pregunte qué haría. No quiero sonar a alguien malcriado quejándose mezquinamente de la compañía sin cesar. Sin embargo, hay ratos en los que quiero estar solo. Solo sin nada más que el viento trayendo la voz del mar, sin nada más que la comunión del sol con las nubes y yo fuera su furtivo cómplice. Solo, siendo un zorro sin ser un zorro porque cuando se cierran los ojos y se funde uno en el silencio no se es nada más que esa falta de sonido."

Fue aquel día que escribía mi diario que sabía lo que haría de ese momento en adelante. Claro, mi padre no aprobaría nada ello. Ni siquiera aprobaba que llevara un diario. Aunque, pensándolo bien, no sabía que tuviera uno. Ya podía imaginarlo, llegando de su día en la campiña, cansado de la caza y la búsqueda de comida, desorientado y tembloroso de la caña fermentada que había encontrado en la granja de aquel viejo humano que la llevaba a aquella ciudad a las orillas del Tinanmuthe. Sabes, padre, he decidido qué haré. ¿Cómo que qué harás si eres un zorro? Sí, pero, hay más que andar buscando comida y proteger a los demás. ¿Ah, sí? Sí. ¿Y podrías decirme qué es eso porque la última vez que chequé es lo que mayormente hacemos? No creo que sea el momento, siento mucho haberlo mencionado. No, no, dime qué es tan importante para que decidas interrumpir mi alegría superficial. ¿Por qué, papá? Porque a veces papi necesita sentir que mami se preocupa por él... Porque así, cuando llego, aunque se moleste, aunque me muerda y no deje de zarandearme y de decirme lo mucho que odia verme así, me mira como aquel día en el que nos conocimos, con ojos tristes, con una sonrisa que no veo salvo cuando está preocupada por mí... Papi quiere a mami... ¿Está mal si te digo que sólo en estado me siento tan frágil como para decirle que la quiero sin que me avergüence por ser frágil cuando le digo que la quiero? Jamás le confesé lo que pensaba hacer.

Me fui. Me fui arguyendo haber encontrando un lugar perfecto para una madriguera, donde podría buscar a aquella que poblaba mis sueños, donde no me avergonzaría de un lugar tan poblado como para no tener privacidad. Podría, porque no, crecer como zorro, entender la vida de un zorro, y, tal vez, si la primavera llegaba a tiempo, tener mi propia familia. Nadie me cuestionó. Mi abuela pensó por un segundo querer saber dónde era que aquel lugar perfecto estaba. Aunque, no sabiendo yo si mi padre a propósito o sin querer, la interrumpió para abrazarme y decirme que todo iría bien.

Corrí hasta el cansancio. Sentí el viento en mi pelo, en ese espacio que adoro me acaricien, hasta punta de la cola, con mi cuerpo extendiéndose por el pastizal, siendo parte de la tierra y las mariquitas, con la vida dándome cosquillas, escondiéndome del tiempo porque así no me haría viejo, no sería mi padre, sería la luna solitaria tan lejos de las estrellas, foco de su envidia y deseo, siendo amante del silencio. Me hinché hasta el cansancio, derramándome en las piedras del bosque, mostrando a los rutilos cómo cantar junto a los ríos. Era el bardo de la campiña, sin nada más que poesía de la tierra bajo los árboles al vuelo de la aurora. Regresaba a casa sin nada más que hacer, extenuado del canto, enroscándome y durmiendo de corrido hasta el siguiente día.

Canté hasta el cansancio. Mi abuela pregonaba que todo acaba por cansar, que hasta la libertad acaba por vencer al individuo con el peso de la felicidad. No creo haberlo sentido. Decía que comenzabas por sentirlo en las patas, sobre todo las traseras, hasta que te llegaba al hocico y así no se podía comer propiamente, sin poder levantar la cabeza y mirar los árboles. No lo sé. Aunque un día, me ocurrió algo parecido. Vaya, dejé de moverme, aunque no fue para nada como ella decía. Sentí calor en el cuerpo más que nada. Pude alejarme, es cierto. Aunque cada vez que recordaba aquel instante, aquello que miré en el interior de aquella recámara, necesitaba volver para cerciorarme de que allá estaba, nadando en la nada de la calma de un día cualquiera, hilándose el cabello mientras leía, ignorándome, ardiéndome la sangre, el sonrojo del sol a las siete de la tarde buscando distraerme. Volví cientos de veces, a quedarme en la ventana, a mirarle. Puntual a las siete y cuarto de la mañana, no fuera a ser que decidiera irse antes de las ocho. En la tarde regresaba yo a casa, al hogar que ya no lo era, a soñar con la aflicción de no tenerle más que en mi obstinación. Y un día, ese día que una pequeña aurora decidió posarse en su cabellera, para susurrarle qué se yo, ella volteó, me miró a través del vidrio sucio por las lluvias, sonrió con el nácar de las crestas de las olas, y yo me convertí en una pila de sal.

"Un par de tardes después del inicio de la primavera me atreví a acercarme. Curiosidad. Simple y llana curiosidad. Jamás me pude ir."

3.4.17

A las once

El parque está vacío. Son las once de la noche, así que hasta cierto punto es de esperarse. Aunque hay veces que José no puede dormir, entonces saca a su pequeño perro blanco y echa a andar al parque, donde se sienta a mirar las farolas y la luz de éstas alumbrando los nardos y las margaritas mientras el perrito anda con la libertad que los perros gozan sólo de noche. Todo es tan distinto a estas horas, se dice José mientras sorbe té de aquel termo que le regaló su mejor amigo antes de partir a Oxford. No puede dormir porque lo carcome la incertidumbre, la soledad, el miedo y todas esas cosas que inoportunamente le hacen ruido cuando ha terminado de cenar un emparedado de mantequilla de maní y mermelada de fresa acompañado con un café con leche. Escucha a las cigarras y a los grillos cantándole a la noche, a la nada. Sigue mirando la pálida luz de la farola, rebotando sin piedad sobre el rostro de aquel héroe quien osó intentar darle el poder al pueblo, y así terminó con su vida rompiendo el aire montada en un proyectil de acero. Entonces, en contra de lo que le ha jurado a su mujer y a su madre y a la nueva esposa de su anciano abuelo, enciende un cigarrillo. ¿Por qué, si me han dejado marcharme? No tengo mucho más que los libros en mi alcoba, la música en mi teléfono, y el humo en mis pulmones, así que, ¿qué diablos?, se dice y enjuaga sus labios con aquel Earl Gray que consiguió en el supermercado, barato porque aquel que asocia los precios a tal o cual código de barras tuvo una mañana tan asquerosamente sosa que para divertirse mezcló todo y todo. Y así aquel Earl Gray que decían era el favorito de la reina fue tan barato que llevó treinta y un cajas a su casa. Honestamente, no sabía qué hacer con tanto té. Constantemente invitaba al otro José, su mejor amigo por estos días, a beberlo  acompañado con un par de bizcochos que encontraba en la panadería de la esquina.
- Ya sabes, de aquellos que merecen un té de estos...
Aunque el otro José al final le decía que no podía beberlo tanto porque la boca había comenzado a saberle a cenizas. Entonces resolvió sorber té ideal para aquellos desayunos al lado de Támesis en un vetusto parque a las once de la noche. Algunas veces el policía se le acercaba para ver qué hacía.
- Es muy raro ver a alguien aquí que no se esté drogando, no en este parque, no en esta hora...
- Tal vez es una infusión de marihuana, y usted al respirar sus gases se droga conmigo.
Podían hablar ellos dos de deportes, de la nota amarilla del día, del pan de la esquina, y de que cualquier cosa que José y el policía se atrevían a leer.
- A veces no entiendo qué haces aquí a estas horas, José...
Toma su termo, se despide, y echa a andar con Milú, su perro, detrás de él. Resuelve que no ira a casa, es jueves, los viernes no trabaja, y echa a andar a cualquier otro lugar. A la avenida principal, resuelve, ahí hay negocios abiertos todo el día, y puede encontrar algo de comer, para él y Milú. Pasa por restoranes y puestos de tacos, por los zaguanes de señoras que venden garnachas, por tiendas que venden de todo, hasta que llega a las hamburguesas de Lino, aquel que a los ocho años quedó huérfano de madre, y hasta cierto punto de padre, porque éste al perder a la mujer en un accidente de construcción se sumergió en tanto alcohol que Lino no dudaba en decir que su padre era la primer persona del pueblo en morir por combustión espontánea gracias a que Lino para despertarlo algún día le puso una lupa refractando el sol en el tobillo derecho. Nadie sabía cómo había muerto el padre, ni cómo había Lino vivido de los ocho hasta los veintisiete que tenía ahora porque de acuerdo a él mismo, no tenía ni hermanos o tíos o abuelos o algo por el estilo. Sin embargo, aquí estaba él, sirviendo hamburguesas y sonriendo. José pide sus hamburguesas para llevar, diciéndole a Lino que le diera una sin pan para su amigo blanco. Echan a andar después de que Lino le dé un pequeño abrazo...
- Porque, pues, para eso son los amigos y los abrazos, viejo...
Piensa José llegar hasta el Museo de la Historia del Zapato, el cual está frente al grandioso auditorio donde él habría de mirar a la más maravillosa banda de la Tierra: un pequeño grupo que venía del lugar más recóndito del mundo, y que José no pensó jamás ver en vivo porque,
- ¿Cuándo es que un islandés viene a un país sin frío?
Aunque faltan algunos años para ello, y José no tiene la más remota idea de lo que pasaría aquel día porque sería algo tan brutalmente simple y bello que no pararía de parlotear acerca de ello cada vez que alguien lo bastante distraído se lo permitiese. Anda él por entre los árboles con Milú cuando siente que alguien lo aborda. Es un hombre de no más de un metro con sesenta centímetros, con el pelo ondulado y negro, tan negro como sus ojos, como su bigote.
- Señor, buenas noches, ando perdido y ya es un poco tarde, necesito llegar a la estación de autobuses del norte, y pues, no sé para dónde jalar... ¿Sabrá usted?
José piensa en que el hombre va para el otro lado, se muerde el labio pensando en si debería de hacerle señas de para dónde jalar, decirle por qué avenida caminar para quedar lo más cerca posible, y dónde doblar para que no haya pierde. Ve a Milú y éste ladea la cabeza mientras mueve la cola.
- Ande conmigo, que yo le enseño...
Caminan un tramo sin hablar, José con las manos en los bolsillos, el hombre mirando en todas direcciones, Milú saltando de un lado a otro. José mira de reojo al hombre y nota lágrimas en sus ojos.
- Sabe, yo vine de San Luis, bueno, de un pueblo por ahí. Me dijeron que si  encontraba trabajo aquí me iría re bien, pero he ido a muchos lugares, pidiendo de lo que sea, y na'más nada. Hoy fui a muchos de esos restaurantes caros, pero siempre me dicían lo mismo. Y yo ya estoy bien desesperado, porque ya ni quiero hacer dinero, sólo quiero juntar para mi boleto de regreso. Obviamente, no tengo nada, nadie me ha dado nada, y sólo voy a la terminal a dormir. Mañana igual y me voy allá para los edificios altos, aunque estén lejos, igual y allá me dejan hacer algo...
Llegan los tres, al cruce en el que José pensaba dejarlo, le da cambio para el colectivo, un par de billetes que le quedan en la cartera, y el par de hamburguesas. Le señala dónde tomar el colectivo que lo acercará a la estación, y le aconseja que no hable con nadie. El hombre, sollozando y sin poder hablar, lo abraza, y se va. José lo ve marcharse hasta que llega a aquel puntito amarillo que marca la parada. Se enjuaga las lágrimas, llama a su perro, y echa a andar mientras saca su móvil y manda un mensaje de texto. Jamás vuelve a fumar.

Al hablar con Yolanda

La séptima de Beethoven y el tercero de Rachmaninoff,
el café de grano por la mañana,
el mole y el helado de queso Gorgonzola,
el Atlas descrito por el Cielo,
Ulises y la Guía del Viajero Intergaláctico,
aquellos de Islandia, aquellos ingleses,
pisar las hojas secas,
un sol de primavera, cerveza en mano,
el sol esmerilando las olas,
una tarde de nubes rojas,
tu mano en mi pelo,
o a través de mi pecho,
Perro y niño por Jean-Michel Basquiat,
y a veces el cine en Blanco y Negro,
Pellicer y Eliot y Hojas de Pasto,
Dostoiesvki,
un par de memorias,
un beso.

1.4.17

Antes le escribía al cielo,
A la nada,
A la mar roja o a las crestas blancas de las olas,
A la muerte,
Aunque no al terror que blande,
Y a veces, muy a veces al desdoblamiento de mi alma en una ballena,
Ahora,
Hoy y ahora,
Sólo te escribo a ti,
mi nada.

31.3.17

Todo con tal de mirarte,
De poder tocarte,
De cogerte,
De recorrer tu espalda un millón de veces,
Para que el mundo sea un poroto con lo eterno y vasto de tu cuerpo,
Porque vuelas,
Vuelas y corro detrás de tu sombra en el pavimento,
Tú cual cometa,
Crispando al viento.
Hay un arte bello de la pasión;
pero un arte bello y pasional es contradicción,
pues el efecto constante de lo bello
consiste en librarnos de las pasiones.
Friedrich Schiller


No recuerdo muy bien cuándo fue que pasó. Habrá sido en 1973. Tal vez en el verano de 1967. Podría haber sido sólo un sueño. Aun así, recuerdo a la perfección la pintura de la que hablo: una mujer con un vestido blanco con adornos circulares rojos, sosteniendo alcatraces en la mano derecha, y un corazón ensangrentado en la izquierda; mujer de ojos negros, feroces y gentiles a la vez, mirando a aquel que osó retratarla; mujer de rasgos memorablemente agudos y de piel de chocolate. Tal pintura se me metió hasta los sueños, porque no había momento en que cerrara los ojos y ella no apareciese. A veces parecía que yo era quien le pintaba, otras me parecía verle a la distancia en un parque, algunas ella era quien me miraba mientras bebía un Fernet en un café argentino. El problema con todo esto es que no sólo afectaba mi vista, sino incluso mi olfato y mi tacto. Juro que aquella tarde del 25 de marzo mientras andaba en el mercado pude sentir la sangre tal cual como en la pintura en la piel de un melón. Mi rostro estaba congelado por el terror de tan extraño evento mientras el dependiente del puesto me preguntaba ya casi a gritos por qué lloraba y hacía un gesto como a punto de gritar. Después, al final del mercado, mientras buscaba flores en las cubetas pude haber jurado había alcatraces. Moví y saqué todo, rompí varios ramos que tuve que pagar, pero nada. Así corrieron los días, conmigo desesperado porque no había razón en todo lo que sucedía. Hasta que encontré un vetusto libro con algunos escritos de Schiller. Era pasión lo que me invadía. Cómo era posible, no lo sé. Después de leer el libro, todo se exacerbó. La veía en el reflejo de los aparadores de las tiendas y del agua de las fuentes. Escuchaba una voz que yo sabía era suya, cantando “Bonita” o “Je nen regrette rien” o qué sé yo. Escuchaba sus carcajadas en las cantinas del rumbo, veía el vuelo de su vestido entre los paseantes de la Alameda. Seguía su rastro de sangre en las escaleras de mi edificio, y sentía su aliento en la nuca cada sábado en la madrugada. Lloré cada vez que tomé un cigarrillo o intenté leer el diario en la calle. Sollozaba sin sentido porque de entre todos mis amigos que solían ir conmigo a los museos nadie recordaba la pintura. Marcos pensaba que posiblemente no haya visto bien yo el Rembrandt que tanta risa le había causado a él, mientras Eleuterio pensaba que el Sorolla que él tanto amaba me daba terror por aquel lío de faldas después de cual dije jamás aceptaría que teníamos el mismo gusto en mujeres. Mientras que Maxwell me decía sería ese Caroto tan escalofriante al fondo de la galería, pero que tal vez no porque en la pintura había una niña y no una mujer. Yo no sé qué pensar, yo no sabía qué pensar. Pero llegó ella, la mujer de los ojos de ámbar, andando sobre las puntas de sus zapatos rosados, danzando lentamente mientras me miraba y reía. Me tomaba de las manos  y susurraba, Vous et moi et le soleil et les étoiles. Y  a la vez que yo sentía un beso en la frente, despertaba para escucharla decir, Llevo tres semanas soñándote. ¿Dónde te habías metido?

30.3.17

Porque estar con ella no se equipara a nada que no sea estar con ella,
Sus ojos son el santo grial de cualquier día,
De todos los días,
Su cuerpo nacarado, olor a carmesí y yerbabuena,
Ardor en mi sangre,
Violencia en mi corazón,
Cien filisteos en mi alma yendo a la guerra,
Y yo tan pequeño como un grano de arena perdido en la mar.
Mi patria lo es todo,
Tan todo que llevo sus colores en mi pecho,
Cuando duermo, cuando bebo una cerveza y miro el televisor,
Soy algo sin ella,
Imperfecto hombre trabajando la tierra,
Esperando el hogar que perdí a los ocho años de edad,
Temeroso de la oscuridad de voces marchitas,
Susurrando mi breve paso por el mundo.
Soy alguien imperfecto a su lado, también,
Aunque el sol olvida quemarme,
Y los árboles, a mi paso, cantan porque me miran sonreír,
Porque el amor lo es todo,
Mis días sin comida y mi fuego sin leña,
Ando, y sin ser vagabundo,
Bebo, sin algo qué olvidar,
Hombre que anda sin saber dónde, con brazos abiertos y mirando hacia dentro.
Y a su vez,
A su vez soy chiquillo pintando los montes bañados de flores,
Que escribe poesía sin ton ni son,
Andando descalzo como en aquellos días que no son,
Borracho de viento, bañado de pasto,
Pirata maldito asolando la vida,
Porque mi patria es ella,
Porque mi patria es descanso en el que puedo soñar.

27.3.17

¿Quieres ser mi atardecer?
¿Danzar con las aves por tarde?
¿Teñir los cielos con tus labios,
ser el inicio de mis noches?

¿Quieres serlo?
Yo no diré nada,
Sólo te miraré
mientras tomo un sorbo de café,
Y tal vez
tome tu fotografía,
Para cerciorarme de que existes,
Para darle inspiración
a aquel músico que te lleva tatuada en la memoria
después de haberte visto cantarle a las estrellas
mientras nacían una tarde de verano.

Si lo eres,
Podré tenerte sin tenerte,
Tocarte sonatas al violín,
Podré perderte todos los días,
Y vivir de la esperanza del que el sol,
Al otro día, todos los días,
Volverá a ponerse.

Sé mi atardecer,
Une lo rojo de tu ser al rojo vivo de mi carne.
It is not who I wished to be,
you know, an old man by the window,
reading Hemingway,
sipping on ground coffee,
laughter in the back yard,
a cocaving occasional kiss on the forehead,
no.

It is what I am today,
in a room full of brown furniture,
sofas and chairs,
the stool where I sit and the bar on which I lay the computer,
cracked,
like pavement stomped by lorries.

I am the ghost of the man I will never be.
Sliced throat,
puppet in the strings of quiet mornings,
bland coffee in one hand and anguish in the other,
the coaster reads "speak",
yet typing is as far as I will do,
as to god turned me mute when he deemed me a worthless son.