8.4.17

Del día en que no fui un zorro

"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde,
comenzaré a ser feliz desde las tres."

–No es que busque ofenderte, pero dudo que alguien te pueda querer...

Hubo un tiempo en el que corría hasta el cansancio. Sentía el viento en mi pelo, comenzando por la cabeza, ya saben, en ese espacio entre las orejas en el que tanto me gusta me acaricien, y hasta la punta de la cola, mientras el pasto me hacía cosquillas en el resto del cuerpo. Corría y corría escondiéndome de todos, por diversión, por estar solo, por poder mirar el atardecer en silencio... Regresaba a casa extenuado, con el plan de enroscarme y dormir de corrido hasta el siguiente día. Así se iba la vida.

Cuando no era más que un cachorro, cuando apenas si podía masticar bien, o pronunciar el nombre de mis padres, noté que el pelaje de mi cuerpo no tenía ni un ápice de color que no fuera rojo. Mi abuela decía que se pasaría, y que en un año a lo mucho mi madre no podría distinguirme del resto sin el olfato de por medio. Pasó el tiempo, no ocurrió nada. A lo mucho, se me tiñó de un rojo más claro la gran mayoría del cuerpo, mientras algunos pelillos de la cola, la panza y las orejas se veían tan claros como el amarillo. Esto, lejos de presentar malestar, era una ventaja: todos me reconocían, sabían mi nombre, y me saludaban, no siempre con gusto debo admitir, pero no importaba. Era, diría uno de mis hermanos, el más popular.

"Sin embargo, tiene sus bemoles. Es bastante difícil escabullirse de la vista de mi parentela. Así que no puedo saltarme las obligaciones en la madriguera, no puedo saltarme las lecciones de caza, y mucho menos puedo irme a donde se me de la gana sin que alguien de la familia me pregunte qué haría. No quiero sonar a alguien malcriado quejándose mezquinamente de la compañía sin cesar. Sin embargo, hay ratos en los que quiero estar solo. Solo sin nada más que el viento trayendo la voz del mar, sin nada más que la comunión del sol con las nubes y yo fuera su furtivo cómplice. Solo, siendo un zorro sin ser un zorro porque cuando se cierran los ojos y se funde uno en el silencio no se es nada más que esa falta de sonido."

Fue aquel día que escribía mi diario que sabía lo que haría de ese momento en adelante. Claro, mi padre no aprobaría nada ello. Ni siquiera aprobaba que llevara un diario. Aunque, pensándolo bien, no sabía que tuviera uno. Ya podía imaginarlo, llegando de su día en la campiña, cansado de la caza y la búsqueda de comida, desorientado y tembloroso de la caña fermentada que había encontrado en la granja de aquel viejo humano que la llevaba a aquella ciudad a las orillas del Tinanmuthe. Sabes, padre, he decidido qué haré. ¿Cómo que qué harás si eres un zorro? Sí, pero, hay más que andar buscando comida y proteger a los demás. ¿Ah, sí? Sí. ¿Y podrías decirme qué es eso porque la última vez que chequé es lo que mayormente hacemos? No creo que sea el momento, siento mucho haberlo mencionado. No, no, dime qué es tan importante para que decidas interrumpir mi alegría superficial. ¿Por qué, papá? Porque a veces papi necesita sentir que mami se preocupa por él... Porque así, cuando llego, aunque se moleste, aunque me muerda y no deje de zarandearme y de decirme lo mucho que odia verme así, me mira como aquel día en el que nos conocimos, con ojos tristes, con una sonrisa que no veo salvo cuando está preocupada por mí... Papi quiere a mami... ¿Está mal si te digo que sólo en estado me siento tan frágil como para decirle que la quiero sin que me avergüence por ser frágil cuando le digo que la quiero? Jamás le confesé lo que pensaba hacer.

Me fui. Me fui arguyendo haber encontrando un lugar perfecto para una madriguera, donde podría buscar a aquella que poblaba mis sueños, donde no me avergonzaría de un lugar tan poblado como para no tener privacidad. Podría, porque no, crecer como zorro, entender la vida de un zorro, y, tal vez, si la primavera llegaba a tiempo, tener mi propia familia. Nadie me cuestionó. Mi abuela pensó por un segundo querer saber dónde era que aquel lugar perfecto estaba. Aunque, no sabiendo yo si mi padre a propósito o sin querer, la interrumpió para abrazarme y decirme que todo iría bien.

Corrí hasta el cansancio. Sentí el viento en mi pelo, en ese espacio que adoro me acaricien, hasta punta de la cola, con mi cuerpo extendiéndose por el pastizal, siendo parte de la tierra y las mariquitas, con la vida dándome cosquillas, escondiéndome del tiempo porque así no me haría viejo, no sería mi padre, sería la luna solitaria tan lejos de las estrellas, foco de su envidia y deseo, siendo amante del silencio. Me hinché hasta el cansancio, derramándome en las piedras del bosque, mostrando a los rutilos cómo cantar junto a los ríos. Era el bardo de la campiña, sin nada más que poesía de la tierra bajo los árboles al vuelo de la aurora. Regresaba a casa sin nada más que hacer, extenuado del canto, enroscándome y durmiendo de corrido hasta el siguiente día.

Canté hasta el cansancio. Mi abuela pregonaba que todo acaba por cansar, que hasta la libertad acaba por vencer al individuo con el peso de la felicidad. No creo haberlo sentido. Decía que comenzabas por sentirlo en las patas, sobre todo las traseras, hasta que te llegaba al hocico y así no se podía comer propiamente, sin poder levantar la cabeza y mirar los árboles. No lo sé. Aunque un día, me ocurrió algo parecido. Vaya, dejé de moverme, aunque no fue para nada como ella decía. Sentí calor en el cuerpo más que nada. Pude alejarme, es cierto. Aunque cada vez que recordaba aquel instante, aquello que miré en el interior de aquella recámara, necesitaba volver para cerciorarme de que allá estaba, nadando en la nada de la calma de un día cualquiera, hilándose el cabello mientras leía, ignorándome, ardiéndome la sangre, el sonrojo del sol a las siete de la tarde buscando distraerme. Volví cientos de veces, a quedarme en la ventana, a mirarle. Puntual a las siete y cuarto de la mañana, no fuera a ser que decidiera irse antes de las ocho. En la tarde regresaba yo a casa, al hogar que ya no lo era, a soñar con la aflicción de no tenerle más que en mi obstinación. Y un día, ese día que una pequeña aurora decidió posarse en su cabellera, para susurrarle qué se yo, ella volteó, me miró a través del vidrio sucio por las lluvias, sonrió con el nácar de las crestas de las olas, y yo me convertí en una pila de sal.

"Un par de tardes después del inicio de la primavera me atreví a acercarme. Curiosidad. Simple y llana curiosidad. Jamás me pude ir."

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